Es fácil ponernos en una posición crítica frente a una conducta complicada de manejar, como la rebeldía en un/a adolescente, el problema reside justamente en la incapacidad que tienen los padres de identificar sus propios conflictos dentro de casa, que por lo general influyen directamente en la salud emocional y mental de los chicos.
La rebeldía tiene una función social, que es parte de nuestro desarrollo psicológico, la búsqueda de la autonomía e independencia. Aparece por lo general a partir de los 8 años, un periodo en que los padres suelen preocuparse, pues a veces esta conducta pueden ser mal asumida.
En la adolescencia cada vez se vuelve más complicada la convivencia con los chicos, pues los cambios hormonales hacen de ellos personas irritables, con reacciones a veces desmesuradas.
Existen cuatro tipos de rebeldía, la regresiva, que es característica de los muchachos retraídos y tímidos, que al no tener la capacidad de expresar su molestia, se ensimisman y llegan a auto flagelarse físicamente, este tipo de rebeldía, puede ser desvalorizada, sin embargo hay que tomarla en cuenta pues aunque no existe agresión externa, la baja autoestima de ellos los vuelve blancos fáciles de depresiones y en casos extremos hasta de suicidio.
La segunda es la rebeldía agresiva, la más común y la más llamativa, el adolescente se muestra hostil hacia los padres abiertamente, llegando a gritarles e incluso golpearlos.
La rebeldía transgresiva es aquella, en la que el adolescente crece en un ambiente donde los padres se vuelven una disminuida figura de autoridad, que se desplaza a sus relaciones con toda institución que quiera colocar reglas, el colegio por ejemplo, son también aquellos que agreden en las instituciones educativas a los que perciben como débiles física o psicológicamente.
Y finalmente tenemos la rebeldía progresiva, quizás la menos conocida de todas pero la más constructiva, es la que la presentan aquellos adolescentes con un buen sistema de valoración, con buenas relaciones con el medio escolar y social, pero que al llegar a casa se transforman, sus reacciones de rebeldía se vinculan con la defensa de sus espacios, su autonomía, la justicia y el respeto, que de alguna forma pueden estar siendo violentados en casa por los padres.
Para que esta conducta pare, existen varias soluciones, en primer lugar como padres hacer un examen de conciencia, identificar si somos nosotros los que perjudicamos a nuestros hijos, con un trato muy agresivo, sobreprotector o presionante. Hablar con ellos recordando que fuimos jóvenes también, con una actitud abierta, respetuosa y amable, los adolescentes cambiarán su conducta cuando se sientan acogidos y comprendidos, claro está sin perder la disciplina y las reglas. Si esto no mejora, es importante buscar ayuda psicológica, a veces la comunicación de padres e hijos es tan nula, que es importante un mediador para mejorar la calidad de vida de toda la familia.
